
No sé si serán los años, pero cada vez me resulta más difícil acomodarme en este mundo descartable en el que vivimos, donde todo se tira a la basura, hasta los sentimientos.
Soy de las tontas que creen que que los objetos tienen un gran valor sentimental, cuanto más viejos, más cargados de recuerdos están.
Limpiando un galpón de mi padre mi hermano rescató esta canasta, casi sin fondo y me preguntó si la quería, se me vinieron a la mente las historias escuchadas en mi infancia, mis tías juntando flores para ir en sulky al cementerio, a mí misma, juntando huevos con mi hermano o juntando mandarinas en las tardes de verano..... y por supuesto, me la quedé.
La limpié y la pinté, a pesar de que el gato la halló cómoda para una siesta
o mi hija la encontró ideal para que jueguen sus queridos sapos
junto a la ruta juntamos unas totoras
sabía que tenía que barnizarlas, pues, cuando maduran la espiga se desarma en centenares de penachos con semillas que se lleva el viento. Pero tuve que darle varias manos, después de ver como las hermosas espiguitas engordaban con ganas de reventar...
En un monte junté ramas de un arbusto muy lindo llamado sombra de toro, con una hermosa hoja romboidal, que algunos usan para hacer un té que disipa las borracheras, pero a mí me pareció mejor darle una tonalidad dorada.
También junté unos cardos de Castilla, que es más bonito que los comunes porque pone una flor más robusta y grande.
Unas ramitas tortuosas de sauce eléctrico,
y cuando todo estuvo pintado y barnizado
la coloqué en el canasto de mis recuerdos.
miércoles, 23 de enero de 2008
Una vieja canasta
Publicado por
María Rosa
en
20:38
Etiquetas: Artesanías
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2 comentarios:
Hola Ma.Rosa me encanto lo que hiciste con la canasta,te quedo hermosa.
Un beso: Miriam.
yo también soy una de esas que no tira nada. Tengo el kincho en casa lleno de cosas de mis abuelos que esperan que les dé un mejor uso. Te quedó perfecta, hasta parece nueva y todo. Besotes. Cecilia
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