miércoles, 30 de enero de 2008
El saquito que me hice
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Telares cola de gato
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Un gusto que me quería dar ... y no sé si pude todavía

Hace unos años logré que mi marido hiciera una pérgola reciclando un viejo portón, inmediatamente la llené de enredaderas y este año pude gozar de una hermosa sombra. Habiendo experimentado bastante desazón con los sillones plásticos, que enseguida comenzaron a quebrarse, deseaba conseguir unos de madera.
Contrariando la opinión de mi marido, que pensaba que estaba tirando el dinero, me traje esta reposera.
Cuando fui a estrenarla a la noche, para disfrutar del cielo nocturno, ¡oh sorpresa! estaba mi media
naranja cómodamente instalado, haciendo caso
omiso a mis protestas. Ya con el
presentimiento que la mano vendría complicada, me levanté a la mañana siguiente para ir a trabajar y decidí estrenar mi reposera mientras tomaba el cafecito matinal y ¡oh sorpresa! estaba la perra cómodamente instalada, comencé a empujarla suavemente hacia un lado, pero ella se resistía, había llegado primero, conclusión terminamos las dos apretujadas sobre la reposera, porque ninguna quiso ceder y yo tomé mi café como pude.
Ah! y el resto del día la disfrutan los gatos, que por la cara de satisfacción que ponen la encuentran muy cómoda.
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Plantas autóctonas
Hace unos años una compañera de trabajo me habló de una nueva tendencia a revalorizar las plantas nativas, me comentó que ella estaba investigando sobre el tema y me invitó a un curso que daba. Hasta ese momento yo sólo prestaba atención a las plantas que encontraba en los viveros, pero allí aprendí a ver la naturaleza con otros ojos, el paisaje que me rodeaba dejó de ser un monte enmarañado que veía desde la ventanilla de un vehículo y comencé a encontrar esos tesoros de la naturaleza escondidos entre la vegetación exhuberante y que a pesar de haberlos tenido delante de mis narices desde niña, me había empecinado en no querer ver. También en ese momento me volví verdaderamente ecologista, al darme cuenta de la belleza natural que se pierde inexorablemente en nombre del progreso. Admiro a las personas luchadoras, aquellas que pelean por un ideal, talvez mi temperamento sea demasiado tranquilo para eso; pero también creo en la lucha pacífica, sobre todo enfocada en la educación de las futuras generaciones, para que no cometan los mismos errores que hemos cometido nosotros. Por eso quiero realizar mi pequeño aporte, mostrando la belleza inigualable de una naturaleza que nos empecinamos en maltratar y que talvez nuestros nietos no lleguen a ver así como hoy la veo yo.
¿Porqué no empezar con la orquídea local? la más conocida. Es una variedad de oncidium que acá llamamos patito y que adorna muchísimos jardines, pegada a os troncos de los árboles.
Esta es una enredadera conocida como uña de gato, una variedad de bignonia que crece sobre los árboles, desde las rutas se los puede ver cubiertos de las flores amarillas de esta enredadera. Debe su nombre a los zarcillos, divididos en tres partes, como se ve en la flor de la derecha. Es muy, pero muy invasora, y se propaga por tubérculos, a su vez las ramas echan raíces, sobre todo cuando tocan el suelo, sin perjuicio de la gran cantidad de semillas que producen las vainas que suceden a las flores.
Esta florcita tan delicada se llama flor de Santa Lucía (commelina erecta), su planta es muy común, suele crecer en las macetas, tiene tallos quebradizos y se la utilizaba antiguamente en lavajes para la conjuntivitis, de ahí su nombre.
Esta es la petinia silvestre, más pequeña que las variedades que compramos, pero muy resistente y anualmente se renueva solita, no es necesario sembrar las semillas.
La bormelia autóctona, el clavel del aire, tan común en las ramas de los espinillos, ñandubays y algarrobos.
Esta es una enredadera muy frondosa, que crece junto al río Uruguay, se la llama isipó amarillo o papa de río por el tubérculo que forma en la base del tallo. Su flor suele estar escondida entre las hojas, pero no por eso deja de ser bella y delicada.
Este es mi querido cabello de ángel, una de las dos variedades de clemátide que hay en la zona, el fruto es similar, una pequeña cabellera blanca, se diferencian en las hojas, la de la foto es más bonita con su forma irregular, la otra tiene hoja de bordes redondeados. Después de varios intentos logré aclimatar una en mi jardín y espero con ansias que me regale alguna flor.
Aunque parezca mentira, los rayitos de sol también crecen salvajes, los primeros los junté junto al río y tienen un pequeño bulbito del que vuelve a nacer la planta año tras año. Los segundos crecen en el monte y se desarman en montones de gajitos que forman nuevas plantas. Ambos tienen flores simples, pero lo bueno es que ni siquiera pretenden que los rieguen.

Esta es otra de mis favoritas, una enredadera solanácea que también crece junto a los ríos y se la llama jazmín solano o amor porteño
El camará morado es una variedad de verbena que se ve a menudo a los costados de los caminos.
El ingá es un árbol leguminoso que tiene una rara flor en forma de penacho, su chaucha tambien es vistosa, de un color verde claro, textura afelpada y bordes resaltados.
El ñandubay, es la leguminosa típica de esta zona, su madera rojiza y dura fue muy utilizada durante años por el hombre de campo para las construcciones, como poste de alambrado y para obtener brasas duraderas para los asados. Su flor es un delicado penachito amarillo, perseguido por las abejas.
Y esta es sin dudas mi preferida, por lo tenue y misteriosa. Se la llama dama de noche, pero no he podido encontrar bibliografía sobre ella. Comienza a abrir sus flores de un blanco purísimo al atardecer y las mantiene abiertas toda la noche. En la oscuridad parecen pequeños fantasmitas blancos diseminados entre la vegetación. Su flor se cierra con el alba y se mantiene escondida durante el día.

El espinillo (acacia caven) es un arbusto muy difundido que pone unas flores pequeñas con un perfume intenso que baña los campos, luego ofrece estos frutos, que al secarse adquieren un color pardo oscuro
La cina cina o retamo rojo tiene unas flores amarillas con pintas rojas que reslatan en sus ramas finas que parecen casi desnudas
Otra de la que no he podido encontrar datos, la conocida campanita blanca
El caraguatá es una planta muy espinosa que pone una larga vara con estas flores
Esta por la forma de la hoja pareciaera una variedad colorida de tasi. El que conozco (una asclepiadácea) tiene una flor blanca amarillenta.
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viernes, 25 de enero de 2008
El vestido de mi niña
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El carretel de la rueca
Viéndome pelear con una cinta de seda que se me enredaba fácilmente, mi madre recordó un pequeño tesoro que había rescatado de la casa de mi abuela. Era el carretel de la rueca de mi bisabuela, y como de costumbre me inundaron los recuerdos, me vi niña muy pequeña, sentada en la falda de mi bisabuela casi nonagenaria, quien movía el pedal de la rueca mientras guiaba mis manitos para regular el grosor de la hebra. Yo me disculpaba, porque la lana no quedaba pareja, parecía los hilados flamé que se usan ahora, y ella con su paciencia de muchos años de maestra, me decía: no importa, es para mí.
Entonces decidimos recuperarlo, mamá lo lijó prolijamente y yo le pasé una pintura protectora. Ahora lo voy a estrenar con la próxima madeja de cinta de seda que teja.
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La libélula
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Verano: época de cactus
Durante el verano esta parte del litoral se torna muy calurosa y seca. Pero la sequía también tiene su belleza, la vegetación xerófila. Hay algunas que se compran en los viveros, como esta, de hermosas flores anaranjadas
o esta, que parece inofensiva, pero cuando se la toca, sus espinas se adhieren fuertemente a la piel y resulta difícil librarse de ella
o esta, de la cual me había enamorado en un viaje a Catamarca, cuando la veía asomar junto al camino en las laderas de los cerros y al mirar hacía abajo, me daba cuenta que tenía varios metros de altura.
o esta, una variedad de opuntia local, muy común a los costados de los caminos
o esta, de una flor amarilla, muy delicada, que crece en los bañados del río Gualeguaychú, en unas tierras blanquecinas muy pobres.
O esta otra, que también se la encuentra en los montes, en las cercanías de los arroyos

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miércoles, 23 de enero de 2008
Una vieja canasta

No sé si serán los años, pero cada vez me resulta más difícil acomodarme en este mundo descartable en el que vivimos, donde todo se tira a la basura, hasta los sentimientos.
Soy de las tontas que creen que que los objetos tienen un gran valor sentimental, cuanto más viejos, más cargados de recuerdos están.
Limpiando un galpón de mi padre mi hermano rescató esta canasta, casi sin fondo y me preguntó si la quería, se me vinieron a la mente las historias escuchadas en mi infancia, mis tías juntando flores para ir en sulky al cementerio, a mí misma, juntando huevos con mi hermano o juntando mandarinas en las tardes de verano..... y por supuesto, me la quedé.
La limpié y la pinté, a pesar de que el gato la halló cómoda para una siesta
o mi hija la encontró ideal para que jueguen sus queridos sapos
junto a la ruta juntamos unas totoras
sabía que tenía que barnizarlas, pues, cuando maduran la espiga se desarma en centenares de penachos con semillas que se lleva el viento. Pero tuve que darle varias manos, después de ver como las hermosas espiguitas engordaban con ganas de reventar...
En un monte junté ramas de un arbusto muy lindo llamado sombra de toro, con una hermosa hoja romboidal, que algunos usan para hacer un té que disipa las borracheras, pero a mí me pareció mejor darle una tonalidad dorada.
También junté unos cardos de Castilla, que es más bonito que los comunes porque pone una flor más robusta y grande.
Unas ramitas tortuosas de sauce eléctrico,
y cuando todo estuvo pintado y barnizado
la coloqué en el canasto de mis recuerdos.
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y siguen floreciendo las rosas

Vienen floreciendo desde finales del invierno, y como no puedo escaparme a sus encantos, las tengo repartidas por todos los rincones, algunas de colores más bellos, otras con un aroma intenso, pero cada una diferente a la otra, como si cada una tuviera su propia personalidad, como esta de color lila

o esta trepadora de color bronce
o la rosita rococó con su delicada perfección


en fin, puede surgir tanta belleza entre las espinas...
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María Rosa
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